A diferencia de los perros de raza, los callejeros mezclan sus genes constantemente, lo que hace que la combinación se simplifique en rasgos más frecuentes; uno de ellos es el color intermedio entre beige y café claro que aparece una y otra vez.
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Ese mono caramelo proviene de genes extendidos en distintas razas, y por eso se repite con facilidad, sumado a los colores neutros que se camuflan en entornos urbanos o rurales, lo cual los hace ver menos llamativos.
También influye el comportamiento humano: perros con colores más particulares o asociados a razas suelen ser adoptados primero, mientras que los mestizos continúan reproduciéndose en la calle.
El resultado es claro: con el paso del tiempo, muchos perros callejeros terminan pareciéndose entre sí. Y el color caramelo se convierte en el más común: ¡hay mucha más ciencia que coincidencia!
Un estudio de la Universidad de California encontró que cuando los perros se reproducen sin selección, como ocurre en la calle, sus rasgos se mezclan de generación en generación, y los cromosomas encargados del color marrón claro siempre son los que predominan.
Genes que se imponen
En genética canina hay variantes que se expresan con mayor facilidad, y, al no haber crianza selectiva, los perros empiezan aparecerse entre sí.
Influencia humana directa
Los perros con colores más llamativos o asociados a razas ‘originales’ suelen adoptarse más rápido; y los perros monos de la calle, al ser mayoría, se reproducen entre sí, haciendo que estos rasgos predominen.
Supervivencia
Hablando de adaptación, el color caramelo se camufla fácilmente con tierra, polvo y vegetación, lo cual hace que pase desapercibido y, por lo mismo, aumente su supervivencia.
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