Era habitual que en las últimas semanas regresara del colegio con los ojos hinchados, la cara roja por el llanto, la mirada al suelo, el corazón roto. La misma ruta, nuevas lágrimas. Caminaba de la estación del Metro Cable hasta su casa, que se encontraba al final de un senderito de tierra, escondida entre los árboles, contando los pasos.
Pensaba en su papá. En él, en él, en él...
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Había muerto en el accidente más absurdo. Iba en su moto contando las horas para llegar a casa porque le habían prometido sopa de arroz con albóndigas. Trabajaba como mensajero. Le gustaba llevar cosas, ver las caras de la gente cuando algo llegaba. Se sentía un poco ángel con eso. El problema fue un perro que salió de la nada y, por evitar dañarlo, frenó en seco. La moto resbaló, lanzándolo sobre una roca, en un jardín. Su sangre la absorbió la tierra y la herida en su cabeza se volvió una flor naranja, un San Joaquín.
Vivía despistada, nunca veía nada, pero esta vez, descubrió que un palo de mangos tenía frutas maduras, se dio cuenta de que habían podado algunos árboles porque llegaba más luz a sus piernas, supo que un vecino pintaba su casa porque el olor de pintura fresca era imposible no notarlo. También se enteró de que el camino había cambiado.
Hay gente que piensa que la sal no es buena para las plantas, pero la que sale de los ojos sí lo es. Lo supo al ver las flores. Eran de color naranja como el cabello de su papá. Padre y flores, efecto de las mismas lágrimas. Él, que ahora florecía en el camino, le hacía ver que no se había ido, que a veces en la tierra también florecen las almas.
Quiso cortarlas y llevarlas con ella, mostrarle a su madre que su papá seguía vivo de algún modo, pero pensó que llevárselas era alejarlas de la belleza que brindaban a otros y solo acarició sus pétalos, les dio gracias por recordarle que todavía podía sonreír, dejó que su aroma llenara su vestido como si en él se pintaran flores y corrió a casa.
—He vuelto, mamá.
—Hola, Dani. Desde la cocina se siente el olor a flores.
—¿A flores?
—Hay cosas que llegan primero que uno.
—Es papá. ¿Sabías que no se ha ido del todo?
—Los que amamos de verdad nunca se van.
—Es cierto. También florecen en la tierra.
—Y en nuestro corazón. ¿Comemos? Hice sopa.
—¿De arroz con albóndigas?
—Obvio.
— ¡Justo era lo que quería comer!
Recordaron el tiempo que llevaban en Medellín desde que habían tenido que dejar su casa en el campo, en lo bonita que había sido la ciudad con ellas, las oportunidades, el amor... Se quedaron dormidas, abrazadas. El olor a flores las acompañó en el viejo sofá de la sala y, en sus sueños, se transformó en un hombre de barba roja y sonrisa buena: papá.
Eduard Pereira Jaramillo
Es ingeniero de sistemas. Escribe desde hace 20 años y en octubre publica su octavo título. Escribir para él “es descubrir nuevos mundos y abrir una ventana a la imaginación”.