La fimosis se define como la incapacidad para retraer el prepucio sobre el glande. En los primeros años de vida, esta condición suele ser fisiológica, producto de la adherencia natural entre sus capas, la cual se resuelve de manera progresiva con el crecimiento, las erecciones espontáneas y los cambios propios del desarrollo.
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Este proceso es completamente normal y cumple funciones de protección y lubricación del glande, por lo que no debe interpretarse como una enfermedad en la mayoría de los casos.
La prevalencia de fimosis fisiológica es alta en recién nacidos, alcanzando hasta el 96 %. Con el paso del tiempo, esta cifra disminuye de forma significativa: alrededor del 50 % de los niños presenta retracción parcial a los 3 años y menos del 10 % después de los 10 años.
En la mayoría de los casos, la retracción completa del prepucio se logra antes de la adolescencia, lo que confirma su carácter transitorio. Es fundamental diferenciar entre dos tipos de fimosis para definir la conducta médica adecuada.
La fimosis fisiológica está asociada al desarrollo normal y no presenta síntomas ni complicaciones. En cambio, la fimosis patológica se caracteriza por la presencia de fibrosis, cicatrices, esclerosis o infecciones recurrentes, lo que puede generar dolor, dificultad para orinar u otras alteraciones clínicas.
Diagnóstico, manejo y señales de alerta
Cirugía e indicaciones. La circuncisión está indicada únicamente en casos de fimosis patológica, especialmente cuando existen cicatrices o esclerosis del prepucio, infecciones recurrentes, dificultad significativa para la micción, infecciones urinarias asociadas, falta de respuesta al tratamiento médico o parafimosis, considerada una urgencia.
Este procedimiento consiste en la extracción parcial o total del prepucio. Su objetivo es eliminar la obstrucción y prevenir complicaciones. Aunque es una cirugía segura, pueden presentarse sangrado, infección o inflamación. Reconocer su evolución, evitar intervenciones innecesarias y actuar de manera oportuna ante signos de alarma permite garantizar un manejo adecuado y proteger la salud infantil.
El diagnóstico es clínico y se basa en la valoración médica. Es fundamental identificar signos que requieran atención especializada, como cambios en la coloración del prepucio, cicatrices, infecciones recurrentes, dolor, dificultad para orinar o infecciones urinarias.
En ausencia de estos hallazgos, la conducta habitual es el manejo conservador, basado en la observación, el seguimiento periódico y una adecuada higiene genital.
Se recomiendan retracciones suaves, evitando cualquier manipulación forzada. Cuando es necesario, el uso de corticoides tópicos durante varias semanas puede favorecer la resolución, con tasas de éxito entre el 65 % y el 95 %. Menos del 1 % de los casos requiere intervención quirúrgica antes de la adolescencia.
Por Mauricio Duarte Vergara / Cirujano pediatra
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