En el corazón de Medellín, en la cra 51 con la 52, específicamente a las afueras del Palacio de la Cultura, usted podrá encontrar a Juan, un adulto mayor de 70 años, quien dedica su vida a leer las cartas, pero ojo, no es un brujo ni se cree uno, es un conocimiento que adquirió en un lugar muy particular.
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El hombre viste casi siempre igual: sombrero, pantalón ancho y camisa. Carga consigo un bolso en el que guarda sus cartas y paraguas en caso de que lo coja la lluvia.
Si usted quiere aprender sobre algo, Juan es el indicado, pues es un ser con el que se puede hablar casi que de cualquier tema, desde religión hasta química.
En su juventud prestó servicio y al año quiso ordenarse para ser sacerdote; su familia lo llamó “loco” pero eligió ese camino que, aunque fue duro, fue una experiencia que le permitió aprender todo lo que sabe hoy.
Siete años estuvo en un seminario franciscano, ubicado en Armenia, Quindío, un lugar que lo transformó y se dio cuenta de cosas que él llama “oscuras y reveladoras”.
Un día lo compartió con sus superiores y estos lo calificaron de “blasfemo” e “hijo del demonio”. Posteriormente, fue encerrado en un calabozo durante 21 días. Durante el encierro se dedicó a leer y a estudiar, mientras cada día le llevaban un plato de comida.
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Tras pasar 21 días, lo querían enviar a un manicomio, pero antes quisieron escuchar su testimonio y, al oírlo, dijeron: “Es un peligro para el mundo cristiano”. Inmediatamente lo dejaron ir y no pudo graduarse como sacerdote. Sin embargo, en su mente quedó todo el conocimiento adquirido en ese lugar.
“Ellos dicen no creer en brujos ni hechiceros y ellos lo son. En el seminario encontré de todo: avatares, monjes, exorcistas, confrontaciones con el demonio y gente poseída”, dice Juan con una tranquilidad absoluta.
Desde entonces, se ha dedicado a compartir su inteligencia a través de la lectura de las cartas; cobra $ 5000 o $ 10.000 pesos por hacerlo, pues él dice que con eso tiene para sobrevivir y no necesita de más. Le gusta caminar por el Centro y observar lo que sucede; no tiene amigos y ama su soledad.
Vive en el barrio Sevilla, en la comuna 4-Aranjuez. No tiene hijos y su compañía es un gato, el que dice que escucha todas sus historias. Su día comienza a las 6:00 de la mañana cuando sale a caminar descalzo por el barrio, pues dice que así libera todas las energías.
“Yo no bebo, ni fumo, vivo con un gato y solo me dedico a escribir mis libros; llevo cuatro y los escribí al mismo tiempo. Todo lo que voy pensando lo voy escribiendo; es como si estuviera leyendo un libro en mi mente”, comentó Juan.
Dice que ha escrito varios libros, además de su epitafio, el cual recita con total serenidad:
“No me traigan flores, no las necesito, lo que necesito es un lápiz. No me espantes las moscas ni las hormigas; son los únicos amigos que no me han abandonado. No me visitéis porque tu presencia me taparía el sol. No me busques porque estoy muy ocupado buscándome a mí mismo”.
Le dice a su familia que el día que muera lo cremen y las cenizas las pongan en cruz para decirle al mundo “nada traigo y nada me llevo”. A pesar de que habla de esto, dice que su muerte todavía se demora, que vivirá más de 100 años y seguirá compartiendo su entendimiento.
Así que si usted quiere aprender de alguna cosita, vaya donde Juan, pues más sabe el diablo viejo que por sabio.
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