En esta casa, ubicada a un costado de la iglesia principal de San Antonio de Prado, vive Juan Diego Araque Betancur junto a su familia. Según cuenta, hace décadas hasta allí llegaban arrieros con sus carrieles, botas y mulas, cargados de cosechas que descargaban en el lugar para descansar.
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La historia del inmueble cambió cuando su abuelo adquirió la propiedad y la convirtió en sede de la asociación de cafeteros. En las mismas habitaciones donde hoy descansan sus familiares, antes se vaciaban bultos de café, dejando impregnado el lugar de tradición y trabajo. Incluso, cuando San Antonio de Prado fue declarado municipio, por un breve periodo entre 1903 y 1909, la casa pasó a ser una cárcel.
Y en los 90 fue conocida como ‘la tipografía’, pues se vendían diversos materiales. Ya en los 2000, una de las habitaciones fue adecuada como almacén de variedades, al que muchos pradeños han ido a comprar cuadernos, regalos y otros enseres.
La tradicón sigue
Aunque la vivienda conserva gran parte de su arquitectura original, con el paso del tiempo ha tenido algunas modificaciones necesarias para mantenerse en pie, sin perder su esencia. Pero la historia no se quedó en el pasado. Tras el fallecimiento de su abuelo, con espíritu emprendedor y consciente del valor de esta casa para los pradeños, Juan David creó ‘El balcón de Maruja’, un espacio ubicado a las afueras del hogar, nombrado en honor a la abuela de Juan Diego, quien fue la que se fue a negociar la casa donde hoy vecinos y visitantes se reúnen a tomar tinto, conversar y disfrutar la vista al parque principal.
“Se convierte en un punto de encuentro artístico y cultural para las personas para poder conservar sus valores”, recordó Juan Diego.
La casa ha resistido el paso del tiempo como pocas. Tanto así que, cuando en la década de los 70 un terremoto destruyó parte del corregimiento, incluida la iglesia contigua, esta vivienda se mantuvo en pie, como un verdadero símbolo de historia y resistencia.
Y es que, según sus habitantes, esta casa es incluso más antigua que la misma iglesia, guardando entre sus paredes más de 160 años de historias pradeñas.
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