¿Quién dijo que para sanar se necesitan palabras? En medio de la vulnerabilidad y los días difíciles, aparece una presencia valiosa que teje un vínculo silencioso que alivia, acompaña y sostiene. Y es que pocas conexiones son tan profundas como la que nace entre dos seres que han conocido la ausencia y el abandono. Por eso, quienes llegan a tocar las emociones más profundas no llevan batas ni recetas, sino colas inquietas y ladridos de alegría.
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Una dosis de amor
“Quisiera que mi Dios me dejara tener uno acá para estar al lado de él”, dice María de Jesús Feria, una adulta mayor de 63 años que hace poco llegó al refugio de adultos mayores San Cristóbal. Ama a los animales y se muestra feliz cada vez que los perritos los visitan y pueden compartir con ellos, pues le recuerdan a varios que ha tenido a lo largo de su vida.
Su historia está marcada por la vulnerabilidad. Fue habitante de calle y aún enfrenta el proceso de adaptación a su nueva vida.También está Ligia Londoño, una adulta mayor de 75 años que lleva 3 años en el refugio. No necesita ver para reconocer lo que se acerca; ha aprendido a hacerlo de una forma diferente.
Entre caricias y confianza, distingue a cada perrito que ha pasado por allí. “Me da mucha alegría contemplar a los animalitos”, dice mientras acaricia a Chagualo con amor.
Pero, ¿quién es este acompañante que recibe tanto cariño? Chagualo es uno de los 6 perritos que hace parte de La Perla y ha sido entrenado en el programa de intervenciones asistidas con animales. Tiene entre 3 y 4 años, fue rescatado de una familia que lo maltrataba y, tras un proceso de cuidado y recuperación, hoy se ha convertido en un apoyo emocional para muchas personas.
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