Era fundador del Limonar 2: ¿A Nando lo mataron por una deuda de unas cervezas?
Hernando Ocampo Ospina, Nando, como le conocían, tenía 63 años y fue uno de los fundadores del barrio Limonar 2, en San Antonio de Prado.
Indignación ha causado entre los habitantes del corregimiento San Antonio de Prado la muerte de Hernando Ocampo Ospina, reconocido comerciante de la zona, quien fue víctima de una brutal golpiza.
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La brutal agresión de la que fue víctima Nando, como le decían de cariño en el barrio, sucedió en la madrugada del pasado lunes, 1.° de junio, en la transversal 50D sur con la 63C, horas después de haber tenido una discusión con unos muchachos por una deuda que estos tenían con él por unas cervezas.
La situación, en ese momento, no escaló a mayores y cada uno cogió para su casa. Fue hasta pasadas las 2:00 a.m. cuando, según se pudo conocer, uno de los pelaos llegó hasta la esquina y, al parecer le dijo algo a don Hernando, por lo que este, quien estaba afuera de su tienda, subió las escaleras hasta la vía principal, donde fue agredido a golpes y tirado al suelo.
La paliza fue informada a una de sus hijas quien, ayudada por uno de los señalados agresores y otro joven, lo llevó a la Clínica Antioquia, en Itagüí, de donde fue remitido al Hospital Pablo Tobón.
En el centro asistencial estuvo recibiendo atención hasta las 5:27 p.m. del jueves, 4 de junio, cuando los médicos informaron que había muerto por un trauma craneoencefálico, producto de los golpes que recibió.
La historia de vida de Nando
Este hombre, de 63 años, fue el primero en llegar al barrio Limonar 2 con su familia y construir allí el hogar que le dejó a sus hijos y donde pasó los últimos días de su vida.
También fue un reconocido vendedor en el parque del corregimiento, donde comenzó con crispetas y luego, cuando la Alcaldía le entregó un cubículo, vendía cuanto producto podía. Allí, no había día en que no le diera de comer al que lo necesitara.
Según contaron sus allegados, en este pequeño negocio tenía olla y fogón para convidar a todo el que se acercaba y no había probado un bocado en todo el día.
Del cubículo salió hace un tiempo y, aunque pensó en dejar de vender, organizó frente a su casa una pequeña tienda que sagradamente abría a las 6:00 a.m. para atender a los vecinos madrugadores y a los estudiantes que iban para el colegio de la zona.
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